Me quedé con su sonrisa de cal y esa pizca de luz que me hizo soñar de nuevo

El corazón tiene cuerdas que es mejor no hacer sonar. Charles Dickens.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Página 59. El aguilucho.

No pensé nada más que en él, rece y rece porque él no estuviera metido en todo esto, porque él no estuviera en el bando de mi padre. Al ver a Zachary vi en sus ojos a mi madre, ella que había puesto en él toda su confianza y que probablemente le había contado toda la verdad. Entonces comprendí aquel afán de estar con ella, él era el puente seguro a nosotras no más. Zachary se levantó evitado mi mirada y bajando la vista salió del parking. Yo sin embargo me preparé para las primeras palabras de mi padre
-Estás más alta- me dijo mi padre en un penoso intento de mantener una conversación.-Vamos te llevaré a un sitio seguro para que te curen esa herida.
-¿Se supone que el sitio seguro es contigo?
-Venga Alexandra no seas impertinente con tu padre.
-Tú no eres mi padre-le contesté segura aunque mis piernas temblasen.
-Por mala o buena suerte si lo soy y ahora vas a venir conmigo si no quieres que a esos estúpidos amiguitos tuyos se los coma el fuego ¿entendido?- su cara se volvió dura, me cogió con fuerza del brazo y me sacó del parking. La ciudad seguía dormida y la noche aun la dominaba. En el asiento de un elegante coche negro me llevé un hora, no sabía a donde iba pues los cristales del coche estaban muy cuidadosamente tintados, apartando de mi vista algún haz de luz, alguna pista de hacia dónde me dirigía.
Cuando al fin la puerta se abrió la luz del día me molestaba en los ojos mi padre con unas gafas oscuras y una reluciente sonrisa en la cara me sacó del coche. Mi padre, sus facciones de piedra no habían cambiado nada, sus grandes ojos marrones aún seguían vivos y su pelo castaño aún mantenía su color. Lo primero que vi fue un paisaje abierto, muchos árboles amontonados y unas poco modestas casonas repartidas a cientos de metros entre ellas, seguramente estuviéramos a las afueras de esta gran ciudad una familia cruzaba la carretera y apenas ponía atención en nosotros cuando mi padre disimuladamente me agarraba aún más fuerte el brazo sin entender que no iba a poner resistencia alguna. Entramos en una gran mansión de piedra escondida entre los altos árboles, tenía dos plantas con un bonito porche de madera verde igual que las ventanas que acariciaban la fachada. Sentada en el porche, ella, si la chica de mis sueños a la que ya podía llamar Tara.

Mi padre siguió apretándome el brazo hasta que entramos en la casa. 3 escalones y ya estábamos dentro. El interior de la casona era totalmente distinto a su fachada. Tenía un aire antiguo, lo que más me llamó la atención fueron las paredes, si, totalmente adosadas con formas de colores, rozando los verdosos y rojizos, pero solo hasta la mitad donde comenzaban otra clase de dibujos esta vez formando mosaicos marrones. El suelo era de mármol, un mármol reluciente donde podía ver reflejada mi imagen, no había muebles dándole una sensación de soledad a aquel peculiar recibidor. Tres escalones más y comenzaba la escalera que acompañaba al suelo también de mármol. No tenía aquellas barandas a la que estaba acostumbrada si no que era una media pared más, pero acabada en formas que nacían en el propio cemento. Al principio de la escalera una forma conocida, quizás la forma que yo más había mirado en el tiempo que llevaba en Escocia. Allí al pie de la escalera se alzaba el águila que en mi colgante abrazaba el zafiro, dándole sentido a aquel regalo que mi padre me dio.

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