Me quedé con su sonrisa de cal y esa pizca de luz que me hizo soñar de nuevo

El corazón tiene cuerdas que es mejor no hacer sonar. Charles Dickens.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Página 62. Un paso más

Las voces venían de la sala en la que estaba yo antes, me acomodé en aquellas escaleras y empecé a oír. Comenzó una voz aguda, de mujer.
-Tenemos que hacer algo, Alexandra no puede ser consciente de lo que sabe hacer. Y tú sabes perfectamente que tu hijo caerá en la tentación. - dijo con una voz rígida, dirigiéndose a una persona invisible, que mis ojos no llegaban a ver.
-Mi hijo no va a caer en nada, él sabe muy bien lo que tiene y no tiene que hacer. Noam no es un traidor.- dijo, ahora sí, Zachary.
-Pero tú sabes que el siente algo.
-No sé nada, mi hijo, te repito no es un traidor, en realidad tú no eres la más indicada para hablar Elen. - le cortó.
-No te atrevas a ni siquiera pensarlo, porque...
-Ya basta – de nuevo aquella voz, impenetrable, la voz de aquel hombre mayor.- estamos hablando de Alexandra y de ella vamos a seguir hablando, Noam es un buen chico que sabe lo que le conviene, por su bien y por el de esa chica. No se atreverá. Así que pasemos a otra cosa, su entrenamiento, debemos hacerlo de manera en que ella solo encuentre esos poderes que no son peligrosos para nosotros, en cualquier momento podría revelarse y escapar.
-Esa chica inexperta no puede con nosotros.- dijo una voz desconocida.
-Esa chica inexperta es más fuerte que todos los presentes.- dijo mi padre.
-Es cierto y no vamos a correr el riesgo, Elen le enseñarás lo básico en lucha cuerpo a cuerpo.
-Pero aquí no puedo hacerlo, tenemos que irnos, allí si tengo los materiales y el espacio.
-Claro nos iremos mañana sin perder tiempo.
-Entonces todo decidido mañana saldrá hacia allí.
Se escucharon sillas y se acabó la reunión, había logrado escuchar tan solo el final pero había descubierto algo muy importante, yo era más fuerte de lo que verdaderamente creía y tenía que descubrir cómo hacerlo. Así que me levanté de las escaleras y dejando la luna a mis espaldas entré de nuevo en la casa. Entré en el gran salón y comencé a curiosear en una estantería donde había un centenar de libros, cuando escuché unos pasos a mi espalda.
-¿Hay muchos verdad? - la voz de mi padre me congeló.
-Si.
-Vas a estar bien, solo haz lo que te digan y no pasará nada.
-Siempre decías que no debía de convertirme en títere de nadie, ¿no te incluías?
-Yo no quiero...
-Ya yo tampoco quiero nada de esto, ¿entiendes papa? Si hago esto es por Mama, no por ti.
-Mama no está moviendo ni un pelo para protegerte...- dijo con malicia.
-¿Tu si quizás?
-Estoy aquí contigo a diferencia de ella.
-Estas aquí...- solté una carcajada – me tienes aquí en contra de mi propia voluntad, obligándome a obedecer a personas que tan solo quieren hacer daño y a luchar en una guerra que no es mía, entrar en no sé qué mundos y hacer no sé cuántas barbaridades ¿por qué tendré que matar a personas verdad? -bajó su mirada -, me has mentido durante toda mi vida, toda. ¿Y de verdad estás aquí? Perdona que te diga pero lo dudo mucho.
Salí rápida de la habitación y subí volando las escaleras, sin cruzarme a nadie, entré en mi habitación y cerré la puerta de un portazo como solía hacer de pequeña cuando no conseguía lo que quería, una golosina, un paseo o un dulce, solo que la diferencia estaba en que ahora sentía rabia porque quería vivir. Me tendí en la cama y cerré los ojos, mañana o quizás pasado estaría lejos de allí, lejos de mi madre, de Nico. Tenía ganas de llorar, unas inmensas ganas de hacerlo, pero no me salía, mis lágrimas se habían negado, mi cabeza me obligaba a ser fuerte por mi madre, tenía que intentarlo. En cuestión de horas estaría a kilómetros de allí, aún más lejos todavía de poder hacer algo.
Esa noche soñé con mi madre. Y logré acariciar su tersa piel, bajo un gran sol pude sentir su aliento al hablarme, pude de nuevo respirar a fondo alcanzando a dibujar una sonrisa en su rostro, con ambas manos en las suyas mientras ella me decía:
-Estoy aquí – acariciando mi corazón y cerrando los ojos en un dulce segundo, que duro tan solo eso, el tiempo que duran en cruzarse dos miradas.

Me desperté y un sol radiante en un día oscuro reinaba el cielo, que ya celeste se abalanzaba sobre mí. Me incorporé y mi corazón se aceleró al ver que no estaba sola en la habitación. Dos verdes ojos me hacían compañía.






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